En la última década ha surgido un fenómeno particular en el mundo evangélico latinoamericano: la figura del influencer teológico. No se trata simplemente de cristianos activos en redes sociales, sino de personas que, sin pertenecer necesariamente al ministerio pastoral o al ámbito académico, se han convertido en referentes doctrinales para miles de creyentes. Muchos de ellos actúan con buenas intenciones: desean orientar, enseñar y ayudar. Sin embargo, la buena intención no siempre va acompañada de una formación adecuada ni de un ejercicio responsable del ministerio de la enseñanza.
Las redes sociales han democratizado la opinión, pero también han desdibujado los límites entre informar y formar. En este contexto, la enseñanza cristiana corre el riesgo de desligarse de los medios ordinarios que Dios ha establecido para edificar a su pueblo: una iglesia local con pastores, maestros y diáconos que conocen a sus miembros, cuidan la doctrina y acompañan el crecimiento espiritual. En contraste, muchos influencers ejercen influencia sin rendición de cuentas, sin supervisión pastoral y, en no pocos casos, sin una vinculación clara a una congregación.
El problema no es la presencia cristiana en el entorno digital. El problema surge cuando ese entorno reemplaza a la iglesia, cuando la plataforma sustituye al púlpito y cuando el influencer concentra en sí mismo los roles de maestro, juez y referente espiritual. En ese punto, ya no estamos frente a un simple creador de contenido, sino ante una figura que enseña sin la estructura bíblica diseñada para proteger tanto al rebaño como al que enseña.
A esto se suma otro fenómeno igualmente preocupante: la creciente popularidad de personas sin formación teológica —formal, informal o incluso básica dentro de su congregación— que asumen el rol de maestros. Muchos seguidores no distinguen entre un pastor, un teólogo, un comunicador hábil o un aficionado carismático. El resultado suele ser confusión doctrinal, divisiones innecesarias y una fe moldeada más por personalidades digitales que por la Palabra de Dios.
Cuando la doctrina se convierte en espectáculo, cuando la polémica se transforma en estrategia de crecimiento y cuando la verdad se usa para ridiculizar o atacar, es necesario detenerse y preguntar: ¿a quién estoy siguiendo realmente? Porque los discípulos de Cristo no se forman alrededor de una marca personal, sino alrededor del Cristo revelado en la Escritura.
No se trata de rechazar las redes sociales ni de despreciar todo contenido digital, sino de recuperar un principio básico del discernimiento cristiano: valorar más la voz de Cristo hablándonos por medio de su Palabra y de su Iglesia que las voces sueltas que buscan influencia sin responsabilidad.