En la era de las redes sociales, nunca ha sido tan fácil escuchar tantas voces y perspectivas teológicas, pero nunca había sido tan difícil discernir quién tiene autoridad para enseñarla. El surgimiento del influencer teológico ha creado un nuevo escenario formativo en el que la popularidad, el carisma y la visibilidad digital suelen confundirse con autoridad teológica. En medio de este panorama, la iglesia se enfrenta a una pregunta fundamental: ¿a quién seguimos?
Este artículo no busca desacreditar la labor que muchos influencers hacen para la edificación de muchos creyentes, sino ofrecer algunos criterios de discernimiento, desde una reflexión personal, para evaluar y consumir responsablemente el contenido producido por quienes ejercen influencia teológica en redes sociales.
Una de las preguntas que uno se debe hacer en esta era del influencer teológico es esta: ¿en qué se basa su autoridad? ¿En su formación, en su carisma personal o simplemente en su nivel de popularidad?
Las redes sociales tienden a confundir popularidad con autoridad teológica. Un mensaje bien producido, un tono seguro o una gran cantidad de seguidores pueden generar la impresión de autoridad teológica, aun cuando no exista formación teológica detrás. Sin embargo, en la tradición cristiana, la autoridad para enseñar no proviene del alcance, sino de la fidelidad a la Palabra y del reconocimiento de la iglesia.
Aquí es necesario distinguir entre influencia y tener autoridad teológica. La influencia digital hoy en día existe sin necesariamente un vínculo alguno con una iglesia local. La autoridad teológica, en cambio, puede ser verificable, ya sea por la formación académica, que la enseñaza esté acorde a la luz de la Escritura, o de manera eclesial, es decir, que ha sido reconocido por una iglesia local y bajo la supervisión de una comunidad cristiana concreta.
Un ejemplo de ello es el caso de Will Graham, pastor que también tiene presencia activa en redes sociales. En este caso, la autoridad teológica no nace en las redes, sino que es conferida en el contexto eclesial y luego se extiende al entorno digital.
Aquí está el punto fino del argumento, no se está afirmando que solo quien tiene formación teológica formal o es pastor puede ser influencer teológico. lo que se afirma es que la autoridad teológica no nace de la influencia, sino que debe poder ser reconocida y evaluada. Aquí es donde el influencer teológico debe caminar con cuidado, la autoridad teológica no se auto-otorga ni la produce el algoritmo. Pero también la audiencia debe sabiamente reconocer y examinar antes de reconocer esa autoridad en alguien.
Otra pregunta inevitable es si un influencer teológico debería tener formación teológica. La Escritura no exige títulos académicos para ser maestro o pastor, pero sí demanda idoneidad para enseñar al anciando/pastor (cf. 1 Tim. 3:2; Tito 1:9). El punto aquí es que alguien puede pasar mas tiempo consumiento contenido teológico de un influencer que del pastor de su iglesia, ¿la exigencia en la formación debería ser mayor?
La formación — formal o informal, académica o eclesial— no garantiza fidelidad bíblica ni confiere autoridad por sí misma, pero su ausencia sí aumenta el riesgo de error, la dependencia de experiencias personales y una enseñanza irresponsable.
Volviendo a la pregunta principal, ¿un influencer teológico debería tener formación teológica? La respuesta no es simplemente sí o no. Un influencer teológico puede no tener estudios formales de teología, pero no puede ejercer enseñanza doctrinal responsable sin formación suficiente. Conocer la formación teológica de un influencer es imperativo.
Pueden existir influencers autodidactas con contenidos sumamente edificantes; sin embargo, aquí es donde se vuelve necesario distinguir entre un pastor, un teólogo —formal o autodidacta—, un comunicador hábil y un aficionado carismático. Cuando esa distinción se pierde, se sustituye la formación por el carisma, la popularidad o la capacidad de comunicar.
Al mismo tiempo, este fenómeno plantea un desafío legítimo al mundo académico. Muchas veces, lo que a un académico le sobra en formación le falta en capacidad de comunicar, y lo que a un influencer le sobra en alcance y claridad le falta en profundidad teológica. Este desbalance invita a una autocrítica necesaria: la iglesia necesita maestros fieles que también sepan comunicar, y comunicadores eficaces que estén dispuestos a formarse con rigor. Solo así la enseñanza cristiana podrá ser, a la vez, profunda, responsable y edificante.
La pregunta clave no es solo qué enseña alguien, sino desde dónde lo hace.
¿A qué iglesia local pertenece el influencer? ¿Bajo qué liderazgo sirve? ¿Quién valida que esté capacitado para enseñar doctrina cristiana?
En el Nuevo Testamento, la enseñanza está inseparablemente unida a la vida de la iglesia. Los maestros no son figuras autónomas, sino hombres reconocidos, enviados y supervisados por una comunidad concreta. Por eso, resulta problemático que alguien pretenda ejercer autoridad teológica sin estar inserto en una iglesia local, sin pastores que conozcan su vida, su doctrina y su carácter.
Un buen ejemplo en este aspecto es mi amigo Jonathan Murcia, sé de primera mano que tiene una fuerte relación con su iglesia local, enseña en su iglesia local, y es supervisado por su pastor. Esta relación genera confianza, de que es una persona que piensa no solo en su iglesia local, sino en creyentes de otras iglesias locales.
El deber de todo seguidor es saber la relación que tiene el influencer con su iglesia local, y del influencer dar fe de su membresía en una iglesia local, y que no son "mariposas voladoras" saltando de iglesia en iglesia.
La ausencia de rendición de cuentas es uno de los mayores peligros del influencer teológico. ¿Rinde cuentas a pastores o ancianos por lo que enseña públicamente? ¿Está dispuesto a ser corregido?
La enseñanza cristiana responsable presupone supervisión, acompañamiento y corrección. Sin estos elementos, incluso las buenas intenciones pueden derivar en errores persistentes, actitudes soberbias o un uso indebido de la verdad. Cuando no hay quien confronte, aconseje y discipline, el maestro queda expuesto y expone a otros.
Finalmente, es necesario evaluar no solo el contenido, sino el tono y la intención:
¿Se enseña con humildad o con soberbia? ¿La verdad se usa para edificar al pueblo de Dios o para polemizar y exhibir superioridad?
En redes sociales la polémica suele transformarse en estrategia de crecimiento. La confrontación constante, el ataque y la burla generan más interacción que la edificación silenciosa. Pero la pregunta crucial permanece: ¿se está enseñando para edificar o para atacar?
En muchos casos la doctrina deja de ser un servicio a la iglesia y se convierte en una extensión de la marca personal.
La enseñanza cristiana genuina apunta siempre a Cristo, no al ego del maestro. Forma discípulos, no seguidores personales. Busca la madurez de la iglesia, no la victoria en debates públicos.
No se trata de prohibir las redes sociales ni de descalificar todo contenido digital. Se trata de discernir. De preguntarnos honestamente: ¿a quién estamos siguiendo?, ¿qué voces están moldeando nuestra fe?, ¿y qué lugar ocupa la iglesia local en nuestra formación cristiana?
Los discípulos de Cristo no se forman alrededor de plataformas, algoritmos o personalidades carismáticas, sino alrededor del Cristo revelado en la Escritura, servido y proclamado en su Iglesia. Ahí, y no en otro lugar, se ejerce la autoridad que edifica y protege al pueblo de Dios.
Cristian Cárdenas
Disclaimer:
Las afirmaciones y juicios expresados aquí corresponden únicamente a mi responsabilidad personal y no representan la postura oficial de ninguna iglesia, seminario, organización o denominación.